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Mito: La Difunta Correa

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Difunta Correa.jpg

A 1.160 km de Buenos Aires y a 63 km de la ciudad de San Juan, en plena región semidesértica andina de la provincia de este nombre, con el marco de la sierra de Pie de Palo y el trasfondo de la planicie de Vallecito, torturada por la aridez, el zonda y la nieve.
Es toda ella desolada; la cinta reluciente del camino que lleva a La Rioja, permite a muchos viajeros conocerla aunque sea rápidamente.
Recorremos la zona un día domingo-domingo cualquiera- y vamos en busca de un "santuario" que hace mucho queríamos volver a visitar detenidamente: al de la Difunta Correa. Cuando aún faltan algunos kilómetros para llegar, alcanzamos en la ruta, centenares de hombres, mujeres y niños que en camiones, automóviles, sulkis, a caballo y a pie llevan nuestro mismo destino, repechando la Cuesta de la Vaca. Es un día de calor agobiante; el viento zonda manda sus bocanadas rápidas y cálidas. Por eso-pensamos sin más fundamentos que la la lógica- llevan casi todos botellas y damajuanas, jarros y botijas, llenas de agua.
A medida que nos aproximamos, nuestras marcha se hace más lenta y dificultosa; los peregrinos suman cientos y cientos; los automotores de transporte colectivo procedentes de toda la región cuyana y de La Rioja, están atestados de promeseros, muchísimos de los cuales pasarán todo el día en el lugar, pidiendo o cumpliendo promesas de la Difunta Correa, recorrer todas las "capillitas" o levantar la propia, hachando leña para preparar el asado reconfortante o adquiriendo en los quioscos recuerdos para llevar.
¿Pero quién es la Difunta Correa? ¿Cuál cl origen de este poderoso movimiento espiritual, tan grande por el potencial humano que mueve, semejante al que participa en las celebraciones de la Virgen del Valle Itatí o el Señor de los Milagros? ¿Por qué razón cada domingo, o los lunes -día de Animas-; el 1 y 2 de noviembre, pero especialmente en Viernes Santo, acude tanta gente de las más variadas posibilidad económicas y condición social?
Cuenta la tradición de San Juan que antes de 1840, siendo gobernador don Plácido Fernández Maradona, un viejo guerrero de la Independencia, don Pedro Correa, hombre valiente y sin tacha, respetuoso y respetado por todos, le asistía con su amistad y consejos. Muerto Maradona, los azares de la política hicieron de Correa un perseguido de la policía; pese a las inmunidades que como guerrero de Chacabuco le habían sido acordadas. Estos hechos hicieron que varias de sus perseguidores fijaran interesados sus miradas en Deolinda, hija de Correa, de extraordinaria belleza. Pudo sin embargo ésta resistir las demandas y casarse con el hombre que amaba. Esta fue la sentencia para su padre y su esposo, que perseguidos por las montoneras fueron muertos sin conmiseración. Ella fue requerida nuevamente y la insistencia se hizo penosa.
Desesperada, emprendió una madrugada la huida hacia La Rioja; anduvo por valles y quebradas con su hijito en brazos, cruzó arenales ardientes que llagaban sus pies, se estremeció en la penumbra de los montes hasta que sus fuerzas se disiparon. Sedienta y extenuada se dejó caer en la cima de un pequeño cerro.
Sintiéndose morir, pidió al cielo que diera vitalidad a sus pechos para que el pequeño sobreviviera.
Cuando unos arrieros se avecinaban al lugar orientados por el vuelo circular de los caranchos, hallaron al niño adormecido sobre el perito de su madre muerta. Profundamente impresionados, dieron sepultura piadosa a la infortunada Deolinda Correa y se llevaron al niño. Poco tardó en conocerse la desdichada suerte de la joven, y hasta su humilde tumba campesina comenzaron a acudir hombres y mujeres del llano y de las sierras, marcando así el comienzo la devoción popular que acrecería con los años hasta alcanzar proyecciones tan grandes que no tiene parangón, no sólo en el país, sino en América.
Ahora que estamos confundidos con estos peregrinos -de ayer y de hoy- comprendemos el porqué de esas botellas y botijas llenas de agua, acarreadas hasta el santuario mismo de la Difunta Correa, pues en su simbolismo mágico expresa el deseo de sus devotos de que no le falte nunca más el agua que apagaba sed y vence a la muerte. También, comprendemos y justificamos la infinita variedad de ofrendas, placas, ex votos, que están en los muros y en el interior de los edificios anexos, cada vez más pequeños para darles cabida. Entre aquéllas se destacan objetos diversos: guantes de boxeo, motocicletas, gramófonos, cuadros, retratos, insignas, ropas, y lo que es realmente conmovedor, ajuares completos de novia - vestido, zapatos, guantes, ramos de azahares etc.- dejados allí por el "milagro" concedido, milagro que va desde la recuperación de la salud hasta el bienestar personal y familiar otorgado por la "santa", quien también nutre - al decir de Pichetto- los senos de las madres pechos escuálidos; une a los esposos desavenidos, a los novios contrariados, hace encontrar el camino a los arrieros a quienes el viento blanco extravía, etc.
Al emprender el regreso nos sentirnos profundamente conmovidos por todo el complejo que forma el "culto a la Difunta Correa", y nos prometemos a nosotros mismos retornar en Viernes Santo para tener una visión más completa del mismo.

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