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Eshu-statue

Estatua de Eshu. Fotografía de Oyo, Nigeria, c. 1920

Eshu, Esu o Elegba, forma corta de Elegbara, era el dios de la suerte, el accidente y la impredictabilidad. Eshu era uno de los orishas más importantes y complejos. Como Eshu era el maestro de los idiomas, era el mensajero de Olorun, el ser supremo y dios celeste, llevando mensajes y sacrificios de los humanos a Olorun. Informaba tanto de las acciones de otras deidades como de los humanos. A las órdenes de Olorun, Eshu premiaba y castigaba a los humanos También investigaba e informaba de la exactitud de los cultos y sacrificios. Eshu debía recibir una ofrenda al comienzo de cada ritual, o este fallaría.[1]

También se decía que Eshu acechaba las puertas y cruces, donde introducía la suerte y los accidentes en las vidas de los humanos. También aparece en mitos como mediador entre fuerzas opuestas. Negoció entre los orishas y moderaba en sus relacioens. Se le atribuye haber dado a los humanos el sistema de adivinación yoruba, el arte o práctica de predecir o preveer sucesos futuros.[1]

Se cree que designaba el destino individual de los humanos.[2]

RepresentaciónEditar

Carybè, rilievi degli orixas, 1968, axù

Tallado de Eshu en Brasil.

Aunque se le consideraba protector y benevolente, esa representación era solo un aspecto de su naturaleza. También era temido por el mal que podía hacer, dejando a veces que los humanos hagan sus malas acciones. Este aspecto de su personalidad era el de embaucador divino.[1]

AtributosEditar

Varios orikis o cantos de alabanza sugieren su naturaleza esquiva, su estatura, su complejo fatal y sus cualidades de embaucador, es decir, evocan su poder y presencia inescrutable. Su color de piel se asemeja al de un camaleón (alawo agemo), sugiriendo el arte del camuflaje y del disimulo. A veces es aclamado en cantos como Esu Odara (El disimulador) por sus devotos, avisando de la dificultad para encontrarle (T’Esu Odara lo so soro), es decir, el equilibrio entre las fuerzas del bien y del mal que personifica, pero que los devotos o cualquier humano siempre busca mantener.[2]

También es el "hijo de la maldición sin mitigar", declarando su poder satírico fatal de la Palabra (ase). La representación de Eshu como el destino puede presentar confusión respecto a otros agentes del destino entre los yoruba, como Ori (el equivalente metafísico de la cabeza física) y Orunmila, el dios oráculo de la adivinación, que también era adorado por los dioses. Por ejemplo, tanto Eshu como Ori suelen ser identificados como "alma guardiana ancestral", teniendo el primero funciones paralelas - como esencias del destino y como deidades omnipresentes. La paalbra iponri (combinación de ipin-ori, que se traduce como destino de cabeza) parece sugerir que uno es la manifestación física del otro. En el mundo metafísico, el cuerpo con aliento va a recibir su ori, con Eshu dando validez en la puerta al mundo físico.[2]

Jogo de Ikin Orossi

Bandeja de adivinación ifá.

Respecto a Orunmila, eleri ipin (testigo del destino dotado), varias historias el corpus de la adivinación Ifá sugieren su íntima asociación con Eshu como amigos inseparables. A través de Olodumare, uno da y el otro interpreta. La cara en la bandeja de adivinación, normalmente sugerida como la cara de Eshu, también apoya esta conexión - el sacerdote o el adivino Ifá se concentra en la cara, la esencia del destino, mientras intenta interpretar y resolver las configuraciones del destino de Orunmila. Los tres (Olodumare, Orunmila y Eshu) forman una importante trinidad que ayuda a los humanos a conseguir el destino que cada uno ha elegido en el mundo metafísico.[2]

MitosEditar

Brooklyn Museum 81.102 Kneeling Figure Eshu-Elegba (3)

Figura arrodillada de Eshu.

La predilección de Eshu por las travesuras se ilustra en una leyenda en la que enfrenta a dos buenos amigos. Eran granjeros con campos adyacentes. Cada día, Eshu caminaba por el camino que separaba sus campos vistiendo un gorro negro. Un día, decidió engañar a los amigos. Hizo un gorro de cuatro colores distintos: negro, blanco, verde y rojo, de tal manera que el color se viera de un solo color según desde donde se viera. Cuando se puso el gorro, también puso su pipa en su nuca y colgó su bastón en su espalda en vez de su pecho. Entonces reanudó su paseo diario.[1]

Un granjero señaló a su amigo lo raro que era que Eshu caminara en sentido opuesto a su ruta normal y llevara un gorro blanco en vez de uno negro. Su amigo respondió que Eshu había hecho su ruta habitual pero con un gorro rojo. Discutieron del tema hasta llegar a las manos, momento en el que fueron al rey local para que diera un veredicto. Eshu apareció allí, mostrando con risas su sombrero de cuatro colores, y explicando que si alguien veía su pipa y bastón en vez de sus pies, pensaría que caminaba en sentido opuesto. Admitió que estaba en su naturaleza crear disputas. Sin embargo, por lo general se contenía y al final todo acababa bien.[1]

Sus engaños no se restringían a los humanos, sino también a otros orishas, aunque con consecuencias más desastrosas, como ilustra en un mito sobre una visita a Obatala, el creador de la tierra y los humanos, pagada por Shango, dios del trueno y el rayo. Orunmila, el dios de la adivinación, aconsejó a Obatala que no fuera. Cuando Obatala insistió en hacer el viaje, Orunmila le indicó que no protestara ni tomara represalias sin importar lo que le pasase. De camino, Obatala se encontró a Eshu, que le pidió ayuda para levantar un cuenco de aceite de palma sobre su cabeza, pero el aceite se derramó sobre su túnica blanca. Volvió a casa, se cambió de túnica y partió de nuevo. Se encontró a Eshu de nuevo, quien le pidió lo mismo, con las mismas consecuencias. A la tercera vez, Obatala continuó sin cambiarse su túnica. Al poco vio desbocado a uno de los caballos de Shango. La realidad es que Eshu había usado sus poderes sobrenaturales para hacer aparecer al caballo. Obatala lo capturó para devolvérselo a Shango. Sin embargo, los sirvientes de Shango, no reconociendo a Obatala por su túnica empapada, pensaron que era un ladrón de caballos y lo aprisionaron. Pasaron meses, luego años, y Obatala languidecía en prisión, sin protestar. Durante ese tiempo, una plaga azotó el reino de Shango, dejó de llover y se marchitaron los cultivos. Cuando Shango consultó al oráculo para determinar el desastre que había acaecido en su reino, el oráculo le dijo que una persona sagrada, libre de culpa, estaba en su prisión. Solo liberando podría eliminar sus problemas. Shango buscó en la prisión y reconoció inmediatamente a Obatala. Cayó a sus pies y le rogó perdón. En vez de vengarse por lo que le habían hecho, terminó con la plaga y restauró la lluvia.[1]

OrígenesEditar

Aunque Eshu se considera generalmente una entidad sobrenatural, ha habido intentos, apoyados por varios mitos de documentar sus obvias raíces antropomórficas. En este aspecto, los investigadores y la información difieren en el lugar exacto de origen en Nigeria. Algunos dicen un pueblo en Badagry o Iworo en la periferia de Lagos; otros lo sitúan sobre una montaña cerca de Igbeti, cerca del río Níger. Otros lugares sugeridos son Ofa-Ile, Ife-Wara y Ketu. En los llamados cultos orixa en el Nuevo Mundo (Vudú, Candomblé, Santería), su nombre más común, Legba o Papa Legba, probablemente se originó por su veneración entre los pueblos de Dahomey, ahora la República de Benín. Otras variaciones del nombre de Eshu en el Nuevo Mundo incluyen Exu (Brasil) y Elegua (Cuba). Hay también una identidad femenina en Brasil: Pomba Gira.[2]

Escultura de Exu na Praça dos Orixás

Escultura de Exu en Praça dos Orixás, en Brasília, Brasil

Aunque replica los atributos encontrados en figuras embaucadoras de otras culturas, es excepcionalmente central para la idea yoruba de la relación del hombre con dios en términos de orden y el destino de la humanidad en la Tierra. Los misioneros occidentalesy los etnógrafos, probablemente basándose en historias de él como un enfant terrible, lo ha identificado erróneamente con el diablo cristiano y los etnógrafos, probablemente basándose en historias de él como un enfant terrible. Sin embargo, la deidad personifica las fuerzas complementarias del bien y el mal que, en la mente yoruba, conviven en todos los humanos.[2]

Además, se ha comparado al dios con Hermes, tanto como embaucador como dios mensajero, así como su presencia en los cruces y el mercado. Esta idea, así como sus influencias católicas, explican el enlace sincrético que a veces expresa parte de la literatura sobre él y otros dioses de las culturas negras del Nuevo Mundo. Los engaños de Eshu difieren de los de Hermes en algunos un detalle importante: se realizan para hacer tomar conciencia y advertir de las deficiencias y delitos humanos; los de Hermes se imponen por diversión.[2]

CultoEditar

En altar de Eshu es distintivo en el panteón yoruba por la relación elemental e intercambiable que tiene con él - un montículo de laterita roja, yangi, que es uno de los muchos nombres usados para celebrarlo. Esta presencia física y estructura ritual se encuentran normalmente en cruces, su lugar favorito, en el umbral de un hogar o recinto yoruba, o en la entrada al mercado. Estos lugares lo identifican como señor de los cruces, controlador del mercado y portero o encargado del peaje (Onibode, Adurogbona). En este aspecto, está asociado, en algunos cultos orixa del Nuevo Mundo, con San Pedro, guardián de las llaves de las puertas del Cielo.[2]

Las varas de baile, imágenes esculpidas de Eshu llevadas por sus devotos, muestran instrumentos del destino como la ropa de cauris, símbolo tanto de riqueza como de la esencia del destino. Las ofrendas comunes al dios incluyen el calmante aceite de palma y sangre de algún animal, como un perro, cerdo o macho cabrío.[2]

ReferenciasEditar

  1. 1,0 1,1 1,2 1,3 1,4 1,5 Lynch, Patricia Ann. African Mythology A to Z, pp. 37-38. ISBN 0-8160-4892-4.
  2. 2,0 2,1 2,2 2,3 2,4 2,5 2,6 2,7 2,8 Asante, Molefi Kete; Mazama, Ama. Encyclopedia of African Religion, Volumen 1, pp. 245-247.

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