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El enanuco bigarista es el nombre de algunos elementales terrestres cantabros con una intensa afición a tocar el bígaro. Suele integrarse en el grupo de los gnomos, aunque no muestran las características de estos ni de los enanos.[1]

En El sabor de la tierruca (1882) de José María de Pereda, se presenta un enanuco bigarista generoso y que alecciona sobre el exceso de codicia.[1]

LeyendasEditar

En el valle de Iguña, en una colina denominada Lindalaseras, habitaba un enanuco junto a la fuente que atraía con sus trinos la atención de la gente. Cuando llegaban los jóvenes, los aturdía con sus melodías pastoriles y, tras cautivarlos con sus saltos y el brillo de los ojos, envenenaba el agua de la fuente con gusarapos y escorpiones. Luego probaba a dársela de beber, dándole primero un trozo de ceniza para provocarles una sed insaciable. La ceniza era mágica, siendo extraída de un alfiletero sin fondo. Terminaba diciendo: "Probar, probar por un ver, veraste tú lo que es caneluca de la fina. Tomar esta sosiega, que es agua de la vida". Cuando ya había conseguido que bebieran, se perdía en el bosque tras dar tres silbidos con el bígaro. Los damnificados sufrían una profunda melancolía que en ocasiones podía ser letal.[1]

CancionesEditar

Enanuco.jpg

Cita inicio.pngCuando los enamorados
vayáis a Lindalaseras,
al ver el agua que mana,
tener cuida u al beberla,
que la luz vos dé en la cara;
que allí mora un enanuco
que rey de aquestas montañas, al dir a morir el sol
emponzoña las sus aguas.
Cita final.png

~ '


Cita inicio.pngCuando los enamorados
vayáis a Lindalaseras,
si con el silbo del carábo
oís sullar a la nuética,
no beber el agua a morro
que de noche la envenena,
el enanuco maldito
que recuerda la leyenda.
Cita final.png

~ '


OrigenEditar

Enanuco-1.jpg

Los visigodos se desplazaron de Castilla la Vieja hacia el norte durante la segunda mitad del siglo VIII, tras las campañas de los reyes de Asturias Alfonso I y Fruela I, se establecieran en el interior de Galicia, las fronteras de Álava y el norte de Burgos, y especialmente en Cantabria, mezclándose con la población local. Sin embargo, en Cantabria, a diferencia de Galicia y Asturias, no se asentó la nobleza, sino los campesinos, que trasladaron las leyendas no romanizadas de enanos en el interior de las montañas cántabras. Apartados en los bosques cántabros, se diferenciaron de los enanos de Europa central, mostrándose ariscos, huraños e incluso ocasionalmente peligrosos, como los duégars del norte de Inglaterra.[1]

ReferenciasEditar

  1. 1,0 1,1 1,2 1,3 Callejo Cabo, Jesús (1996). Gnomos - Guia De Los Seres Magicos, EDAF Madrid, pp. 48-51.

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